sábado, 21 de mayo de 2016

AYLWIN, LA POLÍTICA DEL ILUSO


Imaginemos que el 17 de septiembre de 1973, don Patricio Aylwin abre la puerta del armario y ¿qué ve?  En una rápida sucesión de imágenes ve el asesinato en 1970 del comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, general René Schneider por un grupúsculo armado de ultraderecha; un centenar de militantes del MIR marchando en formación por la Alameda, provistos de cascos y palos, y enfrentándose después a un grupo de militantes de Patria y Libertad; al edecán de Allende, Arturo Araya, asesinado por un grupito de estos mismos militantes; un número indeterminado pero de ninguna manera significativo en proporción al ejército regular, de militantes del MIR armados con pistolas y también de dirigentes de organizaciones sociales, con escopetas y armas de puño, en diferentes lugares de Chile. Ve enfrentamientos diarios mcopn los carabineros. Torres de alta tensión derribadas por bombas de Patria y Libertad. Ve caos, desorden, peligro. Es probable que también viera alguna “tanqueta” de las que se fabricaron en la industria Mademsa. Eso es lo que objetiva y sucintamente hubiera podido percibir cualquier persona medianamente informada, del período del gobierno de la Unidad Popular.

Visto aquello, 6 días después del golpe de estado hace una declaración de prensa en la que expresa lo siguiente: "las informaciones que nos transmite el cable revelan que lo sucedido en Chile se está enjuiciando en el exterior con mucho desconocimiento de la realidad. La mayor prueba es la enorme dotación de armas que tenían las ilegales milicias marxistas que formaban un verdadero ejército paralelo, con un poder de fuego equivalente a 12 regimientos regulares y con la presencia activa de más de diez mil extremistas extranjeros".

Es evidente aquí que Aylwin, tal como Boubouroche, desplazó la realidad y suscribió la ilusión de que había milicias marxistas organizadas con ese tremendo poder de fuego. Ello debía significar que en alguna parte de Chile estaban funcionando escondidos 12 regimientos clandestinos, con armamento de artillería, cañones, ametralladoras pesadas, tanques, helicópteros de combate, camiones de transporte, logística de alimentación, etc., y el número de tropas marxistas correspondiente a 12 regimientos regulares. O sea, había un Tacna, un Buin, un Granaderos, y 9 más, ocultos en alguna parte del territorio nacional. A ello se sumaba la presencia de 10 mil extremistas extranjeros. Cualquier persona se habría preguntado: ¿por qué no habían salido a combatir el 11 de septiembre, si contaban con un poder de fuego equivalente al del ejército regular, como lo afirmaba el presidente de la Democracia Cristiana?  Percibió adecuadamente la realidad pero sacó una conclusión contraria. Vio que no había milicias ni armamento en la proporción por él señalada después. Fue iluso al creer obcecadamente en algo que era imposible, irreal. Pero, ¡atención! que le servía de justificación por haber apoyado el golpe. El iluso no actúa así porque sí: tiene un interés mayor. Boubouroche no quiere perder a Adela. Aylwin necesita algo de peso que justifique su posición política.

Ahora un nuevo personaje se suma a esta puesta en escena de la ilusión política. Se asoma al armario de Bourbouroche, ni más ni menos que Carlos Peña, columnista y rector de la universidad Diego Portales. En su columna de El Mercurio del 24 de abril de 2016, dice: "cuando se mira su vida política (la de Aylwin) -que transitó por el siglo XX y alcanzó a cruzar la esquina donde principia el XXI-, lo que se observa es su particular atención a la realidad, o a lo que él en cada momento estima es la realidad. A veces acierta y otras se equivoca, pero siempre procura acompasar su acción a lo que entiende es la realidad que se despliega ante él. Esa fue su actitud antes del golpe de 1973; esa fue su actitud durante la dictadura; esa fue también su actitud cuando luchó contra ella".

Peña no se equivoca al constatar la “particular atención a la realidad que pone Aylwin”, porque la percibe, sin duda, adecuadamente, pero en la frase siguiente, “o a lo que él en cada momento estima que es la realidad”, Peña intuye el desplazamiento del que estamos hablando. En esta observación de la realidad, Peña enuncia que Aylwin “a veces acierta y otras se equivoca”. Esta equivocación en la percepción de la realidad no es tal, sino solamente desplazamiento como estamos demostrando. Finalmente, Peña tiene toda la razón cuando afirma que “esa fue su actitud antes del golpe de 1973; esa fue su actitud durante la dictadura; esa fue también su actitud cuando luchó contra ella", como veremos más adelante.

Aylwin y Peña tienen la misma actitud de don Quijote cuando refiere los extraordinarios acontecimientos que vivió durante 3 días y sus noches al interior de la cueva de Montesinos. Su afán caballeresco lo impele a vivir aventuras maravillosas incluso donde no hay nada, en una cueva vacía. Del mismo modo, el afán político de Aylwin lo catapulta a ver invisibles huestes de extremistas, armados hasta los dientes, preparados para tomar por asalto el poder total e instaurar una dictadura marxista leninista. Y el afán de justificar su posición política, impulsa a Peña a definir un personaje Aylwin a la medida que él lo desea. Es decir, Peña percibe adecuadamente al personaje Aylwin, pero desplaza esa realidad y saca una conclusión contraria. Iluso. No loco, coimo don Quijote.


Pero el poder de la ilusión es peligroso cuando lo que se saca del sombrero no son conejos, sino monstruos. Personalmente fui testigo en el Estadio Nacional de cómo en los interrogatorios se golpeaba, torturaba y asesinaba obsesiva y compulsivamente para obtener la información de adónde estaban esas docenas de miles de guerrilleros y los regimientos con el poder de fuego ilusionados por Aylwin. Tanto es así que el general Contreras publica después en el libro “El ejército guerrillero”, los nombres de los miles de prisioneros que habían transitado por el Estadio Nacional, consignados en los libros de registro que los militares llevaron ordenadamente. Entre ellos, varias centenas de detenidos por toque de queda. Y el mío, que jamás he pertenecido a un partido político que proclamara la violencia como forma de lucha y nunca un arma en la mano para asesinar a otro ser humano. De ñiño cazaba conejos con una escopeta española de dos cañones. 

Hoy cazo ilusos, ingenuos y peligrosos.

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